La invitación especificaba que la hora del té era, en realidad, la hora de la transparencia. Al llegar a la mansión de los Esperantos, Ariel notó que las tazas no contenían infusión, sino un eco de voces antiguas que subía en forma de vapor.
La anfitriona, una mujer cuyo vestido parecía tejido con telarañas y luz de luna, le pidió que no se moviera. Con un gesto ceremonial, ella comenzó a recortar la sombra de Ariel utilizando unas tijeras de jardín. A medida que la sombra era separada del suelo, Ariel sentía que su cuerpo se volvía liviano, casi gaseoso, hasta que pudo ver a través de sus propias manos el diseño de la alfombra persa.
—Ahora es usted libre de la gravedad de los recuerdos —susurró ella, mientras guardaba la sombra en una caja de música.
Ariel intentó responder, pero de su boca solo salió el canto de un jilguero que voló directamente hacia el cuadro de un paisaje invernal, instalándose para siempre entre las ramas de un pino pintado. En el salón quedó un silencio absoluto, mientras el reloj de péndulo comenzaba a marcar las horas hacia atrás, buscando un siglo que aún no había sido inventado.
El cursor parpadeaba con el ritmo de un corazón artificial, marcando el pulso de una habitación en sombras. Frente a él, el muro de cristal ofrecía un banquete de vidas ajenas, fragmentos de felicidad en alta resolución que se deslizaban bajo su dedo como un rosario eléctrico. Actualizó la página. Nada. El vacío no era la falta de señal, sino ese silencio de datos que confirmaba su invisibilidad. Intentó escribir un mensaje, pero las palabras se sentían pesadas, obsoletas ante la dictadura del algoritmo. Al final, apagó la pantalla. Solo entonces, en el negro absoluto del monitor, descubrió su propio rostro reflejado: un retrato granulado y solo, esperando que alguien, en algún lugar del mundo, le devolviera el clic a su existencia.
