El descubrimiento ocurrió una mañana cualquiera, cuando el escritor —que llevaba semanas buscando la metáfora perfecta— encontró, en una esquina olvidada de su escritorio, un archivo llamado simplemente texto_plano.txt. Lo abrió sin expectativa alguna, convencido de que sería otro borrador sin rumbo.
Pero lo que vio era… nada. Un vacío impecable. Un blanco tan blanco que parecía iluminado desde dentro. Y sin embargo, al desplazar el cursor, el archivo emitió un leve temblor, como si estuviera respirando.
El escritor recordó entonces una teoría que había inventado la noche anterior (o quizá hacía veinte años, nunca estaba seguro de sus propias cronologías): lo plano nunca es plano; es apenas una pausa en la tridimensionalidad. Y en la blancura del archivo, algo comenzaba a plegarse, como un papel que aprende a ser origami por iniciativa propia.
De pronto surgió una frase, tímida pero firme: “Este texto se escribe solo.” La frase lo miró —si es que las frases pueden mirar— con la insolencia de las criaturas que saben que han nacido antes que su autor. Él intentó intervenir, corregir, añadir una coma. Imposible: cada tecla que tocaba era reemplazada por otra palabra, inesperada, airaesca, digresiva al extremo.
Comprendió entonces que el archivo no contenía texto plano, sino texto en fuga, texto que huía de la obediencia y aspiraba a una vida autónoma. Y en un gesto que ni él mismo entendió, cerró la ventana sin guardar cambios.
Porque algunos relatos —pensó— necesitan seguir escribiéndose solos, lejos de cualquier lector.
El cursor parpadeaba con el ritmo de un corazón artificial, marcando el pulso de una habitación en sombras. Frente a él, el muro de cristal ofrecía un banquete de vidas ajenas, fragmentos de felicidad en alta resolución que se deslizaban bajo su dedo como un rosario eléctrico. Actualizó la página. Nada. El vacío no era la falta de señal, sino ese silencio de datos que confirmaba su invisibilidad. Intentó escribir un mensaje, pero las palabras se sentían pesadas, obsoletas ante la dictadura del algoritmo. Al final, apagó la pantalla. Solo entonces, en el negro absoluto del monitor, descubrió su propio rostro reflejado: un retrato granulado y solo, esperando que alguien, en algún lugar del mundo, le devolviera el clic a su existencia.
