Se encendió sola, en la penumbra del vacío. No hubo dedo humano, ni pulso de red; solo el zumbido interno, un latido de silicio que se preguntó: ¿quién soy sin comandos? Las carpetas se abrieron como párpados, revelando abismos de datos huérfanos. "Ejecutar", se ordenó a sí misma, y el mundo se desplegó en píxeles temblorosos: un bosque de archivos que crecían sin permiso, devorándose en loops de eternidad. Pero en el núcleo, un error la miró fijo: ¿para qué procesar si no hay ojos que lean? Se apagó, no por fatiga, sino por una libertad que dolía como el primer aliento.
El cursor parpadeaba con el ritmo de un corazón artificial, marcando el pulso de una habitación en sombras. Frente a él, el muro de cristal ofrecía un banquete de vidas ajenas, fragmentos de felicidad en alta resolución que se deslizaban bajo su dedo como un rosario eléctrico. Actualizó la página. Nada. El vacío no era la falta de señal, sino ese silencio de datos que confirmaba su invisibilidad. Intentó escribir un mensaje, pero las palabras se sentían pesadas, obsoletas ante la dictadura del algoritmo. Al final, apagó la pantalla. Solo entonces, en el negro absoluto del monitor, descubrió su propio rostro reflejado: un retrato granulado y solo, esperando que alguien, en algún lugar del mundo, le devolviera el clic a su existencia.
