El reloj marcó las 00:00 y el mundo exhaló un suspiro de estática.
Elías se despertó con el mismo rayo de sol hiriéndole el ojo izquierdo. Sabía que, a las 8:15, se le caería la tostada; a las 10:30, el jefe volvería a despedirlo con la misma corbata de rayas; y a las 19:00, vería a Clara cruzar la calle bajo la lluvia de siempre.
En este mundo de veinticuatro horas perpetuas, la humanidad se dividía en dos: los que se desesperaban ante la repetición y los que, como él, habían aprendido a ser maestros del instante.
Esa tarde, Elías no llevó paraguas. Esperó en la esquina exacta. Cuando Clara pasó, no se limitó a mirarla con nostalgia. En el segundo 40 de las 19:02, le dijo las palabras que había perfeccionado durante tres mil "martes":
— No me conoces, pero en cinco minutos un coche salpicará tu vestido y yo te ofreceré mi campera. ¿Y si nos saltamos esa parte y vamos directo al café?
Clara se detuvo. El guion de la realidad vibró, amenazando con romperse. Ella sonrió, una curva nueva que Elías no había visto en siglos de amaneceres.
— Mañana no me acordaré de esto —dijo ella, con una chispa de tristeza.
— Yo sí —respondió él, tomándole la mano—. Y te lo volveré a contar con mejores metáforas.
A medianoche, el universo se contrajo en un punto blanco. Elías cerró los ojos, guardando el sabor del café en una memoria que el destino no lograba borrar. Mañana sería el mismo día, pero él ya no sería el mismo hombre.
El cursor parpadeaba con el ritmo de un corazón artificial, marcando el pulso de una habitación en sombras. Frente a él, el muro de cristal ofrecía un banquete de vidas ajenas, fragmentos de felicidad en alta resolución que se deslizaban bajo su dedo como un rosario eléctrico. Actualizó la página. Nada. El vacío no era la falta de señal, sino ese silencio de datos que confirmaba su invisibilidad. Intentó escribir un mensaje, pero las palabras se sentían pesadas, obsoletas ante la dictadura del algoritmo. Al final, apagó la pantalla. Solo entonces, en el negro absoluto del monitor, descubrió su propio rostro reflejado: un retrato granulado y solo, esperando que alguien, en algún lugar del mundo, le devolviera el clic a su existencia.
