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Paseo intergaláctico en la Comuna 10

Paseo intergaláctico en la Comuna 10


El cielo de Versalles, habitualmente custodiado por el silencio de sus calles arboladas, se trizó con un zumbido de estática. No hubo estridencia de trompetas ni ultimátums intergalácticos. El disco de metal bruñido descendió con la parsimonia de un jubilado en la Plaza Ciudad de Banff, estacionándose con precisión milimétrica sobre el empedrado.

Una escotilla se deslizó sin ruido. Bajó un ser de geometría improbable, envuelto en un aura de neón pálido, sosteniendo una correa translúcida. Al otro extremo, una criatura multiforme, con más ojos que patas, saltó al pasto con entusiasmo telúrico.

El visitante no buscaba el Obelisco ni los secretos de la Casa Rosada. Simplemente caminó tres cuadras bajo la sombra de las tipas, dejando que su mascota olfateara los canteros con curiosidad cósmica. Un vecino que sacaba la basura lo miró de reojo, evaluando la rareza del ejemplar.

—Buenas noches —balbuceó el hombre, ajustándose la bata.

El tripulante alzó un apéndice en un saludo universal y breve.

—Linda noche para pasearlo, ¿no? —insistió el vecino, rescatando la invicta cortesía del barrio.

El alienígena asintió con un leve destello cromático, recogió a su criatura —que acababa de ignorar olímpicamente las leyes de la gravedad sobre un hidrante— y regresó a su nave. El motor siseó, el aire recuperó su aroma a jazmines y Versalles volvió a ser esa calma geometría de la Comuna 10 donde, si uno mira bien, hasta lo imposible se toma un respiro.

Daniel Omar Cignacco