El Aleph de Blogger
Durante años tuve un blog en Blogger.
No era un buen blog. Tampoco era malo. Tenía poemas, fotografías de cosas que ya no existían y algunas opiniones que, con el tiempo, me parecieron escritas por otra persona. Como ocurre con casi todos los blogs, había sido creado para ser leído y terminó sirviendo para comprobar que uno había existido.
Una tarde de agosto entré para borrar una entrada antigua.
Blogger tardó unos segundos en cargar.
Después apareció algo que no debía estar allí.
Debajo de la última publicación había una línea nueva:
VER TODO.
Pensé que se trataba de una modificación de la plataforma. Hice clic.
La pantalla quedó blanca.
No blanca como una página vacía, sino como una habitación en la que habían apagado todas las cosas.
Y entonces apareció.
Era un punto diminuto en el centro de la pantalla.
Lo miré.
El punto se agrandó.
Dentro del punto estaba mi blog.
Pero también estaban todos los blogs.
No metafóricamente. No como una imagen poética. Estaban todos.
Vi un blog de 2007 escrito por una mujer de Budapest que fotografiaba las ventanas de los edificios. Vi un blog abandonado de un muchacho de Córdoba que había dedicado quince entradas a explicar por qué odiaba los lunes. Vi páginas que ya no existían, páginas que todavía no habían sido creadas y páginas que probablemente nunca serían creadas.
Después vi mi propia infancia.
No fotografías de mi infancia: mi infancia.
La vi desde arriba, como si alguien hubiese colocado una cámara en el cielo.
Vi una habitación.
Vi un juguete debajo de una cama.
Vi una tarde de lluvia.
Vi una persona que yo había olvidado.
Retrocedí de la computadora.
El Aleph de Blogger —porque comprendí inmediatamente que aquello era un Aleph, aunque me pareció un poco ridículo que Borges hubiera dejado afuera esta posibilidad— contenía todo lo que había sido escrito, lo que estaba siendo escrito y lo que alguien pensaría dentro de diez segundos.
Probé con mi nombre.
Aparecieron millones de resultados.
Probé con una palabra cualquiera: cuchara.
Aparecieron todas las cucharas del mundo.
Las cucharas en los cajones, las cucharas perdidas, las cucharas de los hospitales, las cucharas de plata heredadas, las cucharas que todavía no habían sido fabricadas.
Probé con silencio.
La pantalla se llenó.
Cerré el navegador.
Blogger siguió abierto.
Lo cerré otra vez.
Continuó abierto.
Apagué la computadora.
La pantalla permaneció encendida.
Entonces comprendí que el problema no estaba en Blogger.
Estaba en mí.
Durante varios días intenté no pensar en aquello. Fui al supermercado, compré pan, saludé al vecino. Hice todas esas cosas que hacemos para demostrar que el universo continúa siendo razonable.
Pero cada vez que veía una pantalla aparecía el punto.
En el teléfono.
En el televisor.
En el reloj digital.
Una mañana apareció en la cafetera.
Era pequeño, negro y perfectamente redondo.
Lo toqué.
Vi el futuro de la cafetera.
Vi cómo se rompía dentro de siete años.
Vi quién la encontraría en una caja.
Vi que esa persona escribiría un blog sobre objetos domésticos heredados.
Vi que, en una de las fotografías, al fondo, aparecería mi casa.
No había escapatoria.
Finalmente volví a Blogger.
El Aleph seguía allí.
Esta vez había una opción nueva:
PUBLICAR.
Pensé durante mucho tiempo.
Después escribí una sola frase.
No era importante.
Precisamente por eso la elegí.
La publiqué.
El Aleph desapareció.
La pantalla volvió a mostrar mi blog de siempre: tres poemas, una fotografía borrosa y una entrada de 2014 que no recordaba haber escrito.
Respiré aliviado.
Entonces apareció un comentario.
No tenía nombre de usuario.
Decía:
«Lo vi todo. Pero esa frase no estaba.»
Desde entonces sigo escribiendo en Blogger.
Una entrada por año.
Nunca sé quién las lee.
Pero algunas noches, cuando nadie está conectado, aparece nuevamente aquel punto en el centro de la pantalla.
Ya no le temo.
Lo miro durante unos segundos.
Y espero.
Porque sospecho que el Aleph no desapareció.
Simplemente aprendió a esperar que alguien escribiera algo que todavía no conoce.
