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Tratado de las formas invisibles

Tratado de las formas invisibles

Daniel Omar Cignacco


UNO

Un ánima de ardiente artillería te infundió la pasión por lo infinito. Surgiste hacia el espacio como un grito que en lo grave se hundió con tu osadía. La directriz. El foco. Y cada punto obedeciendo a la distancia: equidistante de ambos, como si la materia conociera de antemano su destino. Así nace la curva: un cono atravesado por el filo de un plano, una forma que aparece cuando otra forma es herida. También el relato procede así: corta la realidad por un lugar inesperado y deja que una luz oblicua revele lo que estaba escondido.

DOS

Del puro cono de revolución un plano atraviesa las dos napas. La herida se abre. Dos focos. Dos distancias. Una diferencia constante. Nada las aproxima y nada las separa del todo. Arma tensada del asirio arquero, su curva se refleja en un espejo terso y se prolonga hasta rozar lo infinito. Dos ramas que parecen buscarse sin encontrarse. Una equis rota. Un beso abortado antes de nacer. Después, la distancia. Siempre la distancia, esa forma exacta de la imposibilidad.

TRES

Entre dos focos un cono es rebanado. La suma permanece. Una órbita secular entretiene al sol en su singladura por la nada. Pista para planetas. Ballet estelado que va y vuelve entre los signos del Zodíaco, con sus tutús de lumbre reflejada. La elipse: un redondel oblongo partido en cuatro por sus dos ejes. Nada en ella permanece idéntico. El radio se alarga. Se recoge. Desvaría. Toda órbita conoce la distancia de aquello que la gobierna.

CUATRO

Suma de la Equidad sin Diferencia. Tabla Redonda. Cada punto equidista del Centro. El Centro: monárquico, invisible, Rey de los Pares en la circunferencia. Eres determinante de la Ciencia, compás del clasicismo en el artista, desesperación del anarquista que contempla cómo la Equivalencia regresa siempre al mismo sitio. Te hiciste Rueda para hacerte Historia. Echaste dientes. Unciste el Tiempo a la cifrada esfera. Desde entonces todo regresa: la vida, las simientes, la cosecha encriptada bajo la tierra, la ruina, el nacimiento. Y otra vez la noria. Otra vez el mismo punto sobre la misma circunferencia.

CINCO

Seis puntos equidistantes en la rueda. Seis distancias obedeciendo al centro. Así nace el hexágono: sobrio, exacto, sin que nada exceda. El radio es su canon, una moneda virtual con la que la geometría compra doce veces la misma medida. De uno en uno: regular, convexo. De dos en dos: falso, estrellado, emblema de Sión mal constelado. Pero debajo de sus seis lados, oculto como un principio bajo una ley, aparece otra figura: tres lados, tres ángulos, tres veces la misma distancia. Una forma de esconder una figura anterior.

SEIS

Regular, simple o estrellado, el pentágono pinta de misterio aquello que la razón preferiría mantener intacto. Cuatro vértices forman el cuadrado. Un quinto aparece. Impar. Sigiloso. No pertenece a ningún bando. Y precisamente por eso parece peligroso. El vértice observa. En cada cuerno la superstición inventa un conjuro. La nigromancia lee signos donde la geometría sólo dispone distancias. La razón calcula. La superstición interpreta. Y entre ambas, intacta, la figura permanece.

Daniel Omar Cignacco ©

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